Mis escritos·Relatos

Alma

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En todas las ciudades hay lunáticos conocidos por todos los habitantes, personas cuya cordura es puesta en duda y que inspiran compasión en algunos pocos y desprecio en la gran mayoría. Y, en una ciudad como Gante, no podía faltar este peculiar personaje. De cabellos rojizos, largos y despeinados, ojos que – de tan azules – parecen transparentes, ropas desgastadas y raídas y un aire desgarbado era la muchacha que caminaba como ánima en pena haciendo honor a su nombre… Ella era Alma, una belleza escondida tras la suciedad y el desaliño producto de las penurias sufridas y de los maltratos soportados.
Alma había dejado de ser parte de una familia a la temprana edad de siete años. Había sido toda una señorita, única hija de una familia adinerada de la ciudad pero, su inocencia y su tendencia a crearse mundos de fantasías, la llevaron a la ruina a pesar de tener junto a ella un hombre que administraba su enorme fortuna hasta su mayoría de edad. Fue entonces cuando la muchacha demostró la poca lucidez que había en ella. Llegaron a ella unos hombres que aseguraban poseer una maravilla arrebatada del propio paraíso. La joven prestaba atención a cada palabra de aquellos seres despiadados que no sabían lo que era la compasión y quedó maravillada cuando sus ojos se posaron por primera vez en aquella bola de plata de mediano tamaño, hueca y con algún metálico material en su interior que creaba, al chocar contra las paredes de la esfera, un dulce y tenue – casi inaudible – sonido. “Llamador de Ángeles” lo llamaron aquellos hombres, una joya única creada por el propio Altísimo para entregarla a quien fuese merecedor de tal presente. Era especial porque su sonido evocaba a los ángeles, que aparecían ante su portador. Alma, creyendo siempre que sus padres se habían convertido en unos ángeles del Señor, entregó todas las joyas, el dinero y las escrituras de las propiedades a cambio de lo que le permitiría comunicarse con su familia. Nada más tenerlo en sus manos, lo agitó pero no sucedió nada. Aquella gente le explicó que no funcionaba así. El Llamador debía estar siempre con su portador para reconocerlo como su legítimo dueño, y eso precisaba tiempo…
La chiquilla se hizo rápidamente una pequeña trenza y engarzó entre sus cabellos su pequeña Reliquia. Empaquetó las ropas de su madre, pues era lo único que ella consideraba de valor, y se marchó dejando la casa a sus nuevos inquilinos quienes, la prendieron fuego esa misma noche para cobrar el dinero del seguro y desaparecer de la ciudad. Así, Alma, regresó a su ahora destartalado hogar, con el Llamador tintineando sutilmente junto a su oído y con su inocente sonrisa radiante llena de esperanza de reencontrarse pronto con los suyos… o con un ángel que le hablase de ellos…
¡Pobre ilusa! Así, sola y en su mundo de ensoñaciones e imposibles, Alma aprendió a cuidarse sola, sin ayuda. Pronto supo que no le iban a regalar nada y que la comida no vendría sola y empezó a aceptar todo tipo de trabajos a cambio de un plato de comida caliente. Siempre fue honrada, como sus padres le habían inculcado desde tierna edad y nunca se dejó arrastrar por malas compañías.
Abrió las puertas de la carcomida y abrasada mansión para que todo aquel que no tuviese donde dormir, tuviese un techo bajo el que refugiarse. Si su ingenuidad era grande, aún mayor era su generosidad y siempre compartió con los menos afortunados, los que habían empezado a ser su nueva familia…
Vivió grandes momentos y terribles desengaños que le hicieron descubrir que, por muy puro que fuese su espíritu, no todos eran iguales. Se entregó a hombres que juraban amarla y que tras poseerla desaparecían sin dejar ni rastro y creando un enorme vacío en ella, que se pasaba los días y las noches esperándolos, creyendo que habían partido por una urgencia que no podía esperar pero que, realmente, la amaban y querían regresar cuanto antes a su lado…
13 de agosto de 2009

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