Canción de Navidad

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Adaptación del cuento de Charles Dickens

En el día de Nochebuena, en su tienda en el centro del viejo Londres, Ebenezer Scrooge estaba tan malhumorado como de costumbre.

Su sobrino fue a verle, le deseó una Feliz Navidad y le preguntó:

– ¿Vendrás a cenar con nosotros, tío?

– ¡Bah, paparruchas! – gruñó Scrooge -. ¡Vete de aquí, a mí la Navidad no me interesa!

El pobre Cratchit, un esforzado oficinista que trabajaba a las órdenes de Scrooge, se atrevió a preguntarle:

– Mañana es fiesta, ¿verdad, señor?

Scrooge refunfuñó. Era muy avaro y le molestaba tenerle que pagar un día sin que acudiera al trabajo, incluso si era Navidad. Además, él odiaba esas fiestas.

Aquella noche, al acostarse, Scrooge oyó que alguien arrastraba unas cadenas… De pronto vio frente a él al fantasma de Marley, quien había sido su socio hasta su muerte, tan avaro como él.

– ¡Scrooooooge – gimió el espectro -, he venido a advertirte! Como no corrijas tu actitud, tendrás un final tan triste como el mío. Esta noche de Navidad tres espíritus vendrán a tu encuentro… ¡Escúchalos!

Ebenezer Scrooge se asustó, pero estaba tan cansado que acabó quedándose dormido en su lecho.

Cuando el reloj dio la una, el viejo Scrooge se despertó, asustado y aterido. Forzó la mirada en la oscuridad y se encontró con un espíritu que le decía:

– ¡Soy el fantasma de las Navidades de Tiempos Pasados! ¡Sígueme!

El fantasma le cogió de la mano y llevó a Scrooge a las Navidades de tiempos lejanos, cuando él todavía tenía un corazón tierno, no triste y helado. Vio a su jefe y a su hermana.

Recordó que en otros tiempos era un hombre más feliz.

Al final no pudo soportarlo: su corazón había cambiado demasiado. Scrooge le pidió al espectro que volvieran a casa.

De nuevo en la cama, tiritando de nuevo, Scrooge descubrió otro espíritu. Éste era mucho más joven.

– Soy el fantasma de las Navidades Presentes, y te voy a enseñar algunas imágenes hermosas. Ven conmigo.

Lo llevó al hogar de Cratchit. Allí estaba toda la familia celebrando la fiesta, pese a sus pocos recursos, y cantaban felices.

– ¡Que Dios nos bendiga! – gritó alegremente Tim, el hijo cojo de Cratchit.

Scrooge quedó impresionado ante aquella alegría. Quería hacer algo, pero entonces apareció el tercer espíritu… ¡Era espantoso y mantenía un silencio que le erizaba los pelos de miedo!

Era el fantasma de las Navidades Futuras.

Lo condujo, sin decir palabra, hasta el cementerio y allí le mostró una tumba llena de flores. ¡Era del pequeño Tim!

No muy lejos estaba la tumba de Scrooge, abandonada.

El monstruo lo condujo entonces a la ciudad, donde pudo oír las habladurías de las gentes.

– El viejo avaro ha muerto; y nadie le ha llorado – decían.

Cuando el fantasma se fue, Scrooge se arrodilló y dio gracias a Dios por haberle concedido aquella oportunidad para cambiar. Entonces se despertó. ¡Todo había sido un sueño!

Pero la lección estaba aprendida, corrió a la ventana y constató que todavía era Navidad.

Tenía tiempo para enmendarse. Salió a comprar un pavo y pidió que lo enviaran a casa de los Cratchit. Luego compró un montón de regalos y corrió a casa de su sobrino.

Gracias a aquellos tres espíritus navideños, el amor había regresado al seco corazón de Scrooge, que se había convertido en un hombre generoso.

Y su sobrino lo recibió con cariño, como si todos aquellos años de avaricia y mal humor nunca hubieran existido.

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