Mis escritos·Relatos

Aislada

doors-5

Cuando una puerta nos separa de una realidad que no queremos afrontar

Podía pasar horas observando los maravillosos cuadros enmarcados en las más nombres maderas recubiertas de pan de oro que ocupaban aquella estancia, desde Monet a Caravaggio, pasando por Van Gogh y Tiziano. Su padre se encargaba de cumplir todos sus deseos, por excéntricos y caros que estos fueran. Le traía joyas y obras de arte cada vez que regresaba de uno de sus continuos viajes de negocios, posiblemente para que no le reprochara haberla dejado sola de nuevo.

Sola… porque aunque tenía a toda la servidumbre a su disposición, estaba sola. Se negaba a salir de su habitación, donde había creado para sí misma un mundo donde aislarse de todo y de todos. Miraba esa puerta que le separaba de la realidad que la aterraba. Desde su mullido colchón blanco inmaculado observaba esa madera de roble con un marco tallado que formaba motivos florales. Nunca se había parado a observar detenidamente sus detalles como lo estaba haciendo en ese momento. Era tal su concentración y tan minucioso su escrutinio que, si alguien, desde el otro lado de la puerta hubiera intentado abrirla sigilosamente, ella hubiera percibido el leve movimiento del pomo de bronce. Pero la cabeza de león no se movió y la pesada hoja de madera permaneció aislándola de todos. Desde su privilegiada posición, protegida de cualquier persona o situación, veía una amenaza en esa puerta cerrada que podía abrirse en cualquier momento, dejando pasar a la incertidumbre. Ella vivía feliz así, con el completo control de su situación, encerrada, alejada de los demás pero, en ocasiones Edgar, su mayordomo, entraba y, durante unos instantes, la sacaba de su mundo de fantasía. No era un mal hombre y no actuaba con maldad. Ella estaba segura de que la amaba en secreto y por eso siempre le hablaba con dulzura y la trataba con tanto mimo. Edgar le hablaba del exterior, para que no perdiera el contacto con la realidad, decía. Le ofrecía paseos por los jardines, paseos que ella siempre rechazaba, y él suspiraba, dejándola de nuevo sola, hasta la siguiente tentativa.

El pomo se movió ligeramente y todo su cuerpo se tensó como un arco. Su mirada azul zafiro parecía estar perdida, pero no dejaba de observar esa lámina de roble que se abría poco a poco, con ese ligero chirrido de bisagras que nadie más que ella parecía percibir. Tanto como apreciaba las visitas de Edgar despreciaba las de Julia. Esa mujer huraña y despreciable que se encargaba de su atención personal y de su vestuario. Odiaba sus manos huesudas ayudándola a colocarse el camisón blanco, sentía sus dedos como agujas en su piel. La incertidumbre de ella crecía a la misma velocidad que el espacio del suelo que se iba iluminando según la puerta se abría un poco más.

—¿Edgar? —susurro, aterrada con un hilo de voz.

Dos figuras de impolutos uniformes entraron en la habitación de Cristina, y ella lanzó una mirada fulminante a la mujer, que decidió ignorar ese gesto tan cotidiano en la muchacha. El hombre hablaba de manera pausada mientras se acercaba a ella, dejando a Julia un poco al margen, en un segundo plano. La joven le sonrió de manera bobalicona, señalando uno de los múltiples cuadros de la pared. Él solo podía ver su realidad. Habló con ella y, a un gesto suyo, Julia se acercó y, como siempre, aguijoneó su cuerpo con esos dedos malditos suyos. ¿Cómo alguien podía hacer tanto daño con solo una caricia?

—En cuanto vuelva mi padre, pienso decirle que te eche a patadas de aquí.

La mujer agachaba la cabeza y salía de la habitación y poco después, él hacía lo mismo. Al cerrar la puerta tras de sí, repetía su ritual. Desde una ventana, observaba esos preciosos bucles dorados, pensando con cierta amargura que parecía un ángel del cielo, rodeado de nubes blancas, formadas por esas cuatro paredes acolchadas. Era hermosa, dulce y adinerada. Podría haber tenido absolutamente todo, pero le faltaba cordura.

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