Mis escritos·Relatos

Acampada bajo la luna

thumb-1920-729100

Un cielo despejado, tachonado de estrellas, el ulular de algunas aves nocturnas, el chisporroteo de las llamas y el sonido del agua corriendo de un arroyo cercano, todo iluminado por una hermosa luna llena en el mes de junio… parecía el escenario ideal para una cita romántica de una pareja que desea no ser molestada por los ruidos de la ciudad ni encontrada por sus gentes. O bien podría tratarse de una excursión familiar, donde los niños disfrutan de unos malvaviscos (marshmallow) tostados al calor de las llamas. Pero, por desgracia para Jess, aquello no era más que la sala donde iba a ser torturada.

—Joder, tía. ¿Es que no vales ni para calentar una puta sopa de sobre? —escupió las palabras con el mismo desprecio con el que había escupido la comida al suelo—. Esto no lo puede comer ningún ser humano, ni siquiera Jerry Boute.

El cuerpo menudo de la muchacha se contrajo un poco más de lo que solía hacerlo en compañía de quien llevaba años haciéndole la vida imposible. Ni siquiera tuvo valor de defender a su mejor amigo de aquel ataque y mucho menos de decirle que ya le había advertido que aquella marca de sopa era la peor del mercado. Pero en presencia de Rachel se amedrentaba más de lo normal, desde el primer día que la vio. Era tan perfecta, con esas largas y tonificadas piernas con ese bronceado de quien pasa más horas en la playa que estudiando y esos pechos firmes y voluminosos que eran el deseo de todos los chicos del instituto. ¿Cómo no iba a reírse de ella, que era precisamente todo lo contrario? “Si la grasa fuese oro, serías el mayor tesoro” fueron las primeras palabras que le llegaron de ella cuando se cruzaron en el pasillo a principios de curso. Comentarios así le caían a diario. Cuando se olvidaba de su cuerpo, se ría de su estilo de vestir o de sus enormes y redondas gafas. O de su joroba, esa que había surgido de tanto intentar esconderse de ella y su escuadrón de amigas que le reían y aplaudían todos aquellos comentarios.

Su tutor debía estar loco por pensar que juntarlas para la actividad de orientación era buena idea. Si nadie la protegía en el instituto, con profesores y demás alumnos, ¿qué impediría a Rachel ser más dañina que nunca durante ese fin de semana? Como si supiera lo que pasaba por su mente, su fustigadora suspiró con desesperación.

—De pequeña me gustaba ir al parque marino a ver los peces y los delfines —comenzó a decir con cierta melancolía—, mi padre solía llevarme cada fin de semana porque me gustaban mucho los pingüinos y los leones marinos. Pero, mi favorito, era el espectáculo de las orcas —. Jess comenzó a acercarse a ella para sentarse a su lado y escucharla mejor. Por fin tenía un gesto amable y cercano con ella. —Era genial todo, siempre quise nadar entre los delfines y, aquí me tienes, ¡de acampada con una foca!

La pelirroja abrió los ojos, incrédula y enfadada consigo misma por haber bajado la guardia. ¿Es que acaso nunca iba a aprender? Miró a su alrededor, buscando un lugar donde poder ocultarse de ella y llorar a gusto. Por mucho que la insultara y vejara, nunca se acostumbraba a ese trato. Porque no debía acostumbrarse. Nadie debería. Y, como si me hubiera leído, su actitud cambió de repente y se encaró a ella.

—¡Ya basta, Rachel Smith! —gritó con todo el aire de sus pulmones—. Sé que soy gorda, ¿vale? Y fea, poco popular, de familia humilde pero eso no te da derecho a quitarme mi dignidad solo porque tú arrojes la tuya continuamente a la basura tirándote a todo lo que se mueve. No te he hecho nada… ¡NADA, JODER! —Rachel abrió la boca como si fuera a interrumpirla pero solo era la estupefacción de escucharla hablar así—. Estoy harta, ¿sabes? ¡HARTA! Porque todos te siguen el rollo y ya no sólo tengo que aguantarte a ti con tus gilipolleces sino que también a más de la mitad del instituto. Nadie debería pasar por lo que Jerry y yo tenemos que pasar y, por desgracia, es algo común en la gente de nuestra edad. Algunos son fuertes y aprenden a superarlo pero otros solo ven salida en un edificio alto, saltando desde una ventana. ¡Y yo no quiero acabar así! ¡No quiero! Pero no soy de piedra, toda esta grasa que tanto criticas no es una coraza contra insultos y humillaciones. No todo el mundo puede ser perfecto como tú. ¡Y eso no es malo! Eso…

Rachel esperó con paciencia, contando con oír más, pero no volvió a hablar. Vio cómo se levantaba para irse hacia la tienda de campaña y, en un acto reflejo, como activada por un resorte, de levantó y alcanzó a sujetarle de la muñeca. El contraste entre sus pieles destacaba menos en la oscuridad. Jess se detuvo, aterrorizada. Había hablado demasiado y posiblemente su compañera de clase pasaría a la siguiente fase: pegarla. Notaba sus dedos aprisionándole la muñeca y vio cómo alzaba su mano libre hacia ella. Cerró los ojos esperando el primer golpe pero solo le llegó una suave caricia en la mejilla. Abrió los ojos, confundida. Se tensó, segura de que era uno de sus trucos para que bajara la guardia, pero Rachel parecía más interesada en contar las motas verdes ocultas en sus ojos color avellana.

—Sabía que eras muchas cosas, pero nunca que fueras tan tonta —susurró—. ¿Qué sabrás tú de mi vida? Dices que soy perfecta y no tienes ni idea. Estoy rota, maltrecha y hecha una mierda. Quizá lo pueda esconder adornando mis problemas con ropa cara y maquillaje de primera calidad pero eso no cambia mi realidad. Perfecto es llegar a casa y tener unos padres que te quieren. Perfecto es poder llorar abrazada a una amiga y no a la boca de una botella de alcohol. Perfecta es una cocina con un bol de leche con cereales y no con una báscula y bolsas con cocaína por doquier. Perfecta es una vida donde no tienes que mentir para tener amigos porque te quieren como eres. Perfecta… yo no soy perfecta para nada. Tú sí…

Se le humedecieron los ojos y su fino rostro se sonrojó al calor del fuego. Jess seguía sin articular palabra. Estaba ante la verdadera Rachel y no sabía cómo actuar ante ella y, una vez más, fue esta quien tomó las riendas de la situación.

—Te odio por ser perfecta. Te insulto por pura envidia. Te trato mal por la necesidad de saberte hundida en la misma mierda que yo, porque no soporto verte sonreír, no soporto saber que tienes una familia que te adora y amigos leales. Porque a pesar de todo lo que la gente ve desde fuera y de todo lo horrible que he dicho de ti, siempre sigues adelante. Siempre vuelves a sonreír con esa sonrisa sincera, y no con la que tengo que poner yo ante todos por ser la niña popular. Porque eres perfecta. Perfecta desde el 9 de octubre de 2016 a las siete y media de la tarde.

Eso era demasiada precisión. Ni siquiera sabía lo que había comido aquella tarde y Rachel le hablaba de una fecha exacta con hora incluida.

—Te había hecho la tarde imposible, había robado tu trabajo de historia y habías suspendido por mi culpa. Y te puse pegamento en la silla y se te rompió parte del pantalón y tuviste que ir así el resto del día, viéndose los patitos morados de tus bragas por el roto. No hablaste con nadie al salir de clase, ni con Jerry siquiera. Estabas hundida y solo querías desaparecer. Y yo aún quería hundirte más en la mierda porque mi mañana había sido horrible y me había acostumbrado a pagarlo contigo. Pero fuiste a la colina cerca de los Harrison y miraste al cielo. Pensé que estabas loca. Iba a empezar a meterme contigo y entonces empezaste a cantar. Empezaste llorando y acabaste sonriendo dando gracias a Dios por seguir dándote fuerzas. Y entonces lo vi. Vi por qué te odiaba. Porque eres perfecta. Porque eres preciosa. Porque creía que había encontrado defectos en ti y me encontré ante tu perfección inquebrantable. Te odio, Jessica Dawson.

Pero sus palabras expresaban todo lo contrario. Con su mano aún en su muñeca, bajó suavemente hasta que entrelazaron sus dedos. Se inclinó hacia ella y, con timidez, besó sus labios.

—Eres mi mayor tesoro —susurró.

Y así, su trabajo de orientación terminó bajo aquel cielo despejado, tachonado de estrellas, con el ulular de algunas aves nocturnas, el chisporroteo de las llamas y el sonido del agua corriendo de un arroyo cercano, todo iluminado por una hermosa luna llena en el mes de junio… Aquella noche, en aquel bosque, siendo una la brújula de la otra, se encontraron mutuamente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s