Mis escritos·Relatos

Hada personal

152db948a12e4b38731403689130

Soy María y poseo un hada que me puede convertir en lo que más dese. Cuando tenía seis años y gracias a su magia, pude ser una princesa de un país lejano. Tenía a mi escolta personal y todo y mi vestido era de un precioso color turquesa a juego con unos zapatitos con un poco de tacón. Estaba muy feliz porque me maquillaba por primera vez, diciendo que siendo mi coronación, la ocasión lo requería. Cuando me pusieron la corona de diamantes, no hubo en todo el reino niña más feliz que yo.

Pero al año siguiente ya me cansé de ese cargo, y es que, requiere mucha responsabilidad tener que dirigir a toda la gente de un pueblo. Así que, como quería desconectar de todo, me quise convertir en una sirena. Era feliz con mi aleta, aunque pasaba algo de frío en el pecho por lo que mi padre me aseguró que era mejor llevar un abrigo. ¡Una sirena con abrigo! Eso no se ha visto nunca, pero era eso o coger un resfriado… No fue la mejor elección y, lo peor del poder que tiene mi hada personal es que lleva una maldición incluida: hasta que no pasa todo un año, no puede volver a transformarme en nada más. Recordad: ser sirena no mola, se pasa mucho frío.

Me pasé todo aquel año pensando en la mejor opción para mí y al final, supliqué a mi hada para que me convirtiera en una bruja, pero de esas feas con verrugas y todo. Con mi vestido negro y mi sombrero de pico, mi hermano se ponía a llorar cuando me veía y muchos otros niños también. ¡Y eso que yo solo quería divertirme y convertir a alguien en sapo! Pero, visto lo visto, mejor no usar la magia o, asustaría aún a más pequeños.

Por fin me llegó el turno de ser hada. ¡Fue quizá mi mejor año! Tocaba a todos con la punta de mi varita y, tras unas palabras mágicas, les aseguraba que su sueño se cumpliría. Llevaba ilusión a todos, aunque los mayores reían divertidos por mis ocurrencias, o eso escuché en alguna ocasión. Se gastó tanta energía con aquella conversión mágica que al año siguiente mi hada tuvo que guardar cama de lo malita que estaba. Me dio mucha pena, pero no me separé de ella ni un momento.

Así pues, al año siguiente quise ser enfermera para poder curar a los enfermos y que pudieran disfrutar de la vida. Recuerdo que hasta visitamos juntas un hospital infantil. Mi hada me miraba diferente, juraría que con tristeza. Me dijo que ya estaba dejando de ser una niña, aunque no comprendí a qué se refería.

Al año siguiente, quise algo básico y divertido. ¡Troglodita! Pero bien tapada, con mucha piel, que no quería acabar igual que cuando fui una sirena.

Hice un grupo de amigas y les hablé del poder de mi hada y, sorprendentemente, ellas tenían su propia hada personal. Eso fue lo que nos hizo inseparables y nos dio la idea de hacer una transformación todas juntas, siendo todas iguales. Tenía entonces trece años y aseguraba que lo que más quería era ir de camarera con patines. Terminé con un esguince en la muñeca tras una terrible caída.

Tras esto, no quise volver a transformarme. Dije que era algo para niños y que yo ya era mayor. Mirando fotos de otros años, mi hada comprobó con tristeza que tenía razón, que me había llegado la hora de la transformación más dolorosa: de niña a mayor. Ya no quería muñecas, las guardé todas en un baúl. Decía que no me gustaban los caramelos… que eso era para críos y que yo ya era una chica mayor. Aunque a escondidas en más de una ocasión, de un cajón sacaba una chuche y me la comía con sentimiento de culpabilidad.

Mi vida era menos mágica sin las transformaciones pero, ya nunca tenía tiempo, ni ganas, para esas cosas. La vida de adulta era aburrida y en ocasiones deseaba volver a mi niñez.

Y así pasaron los años y volví a necesitar de la magia. ¡Quería convertirme en algo de nuevo! Quería ser una novia, con ramo y todo. Nunca una transformación le había dado tanto trabajo y tanta emoción al verlo finalizado a mi hada personal. La gente aplaudía al verme y yo saludaba a todos con una sonrisa de pura alegría. Nunca estuve más radiante. Era su mejor obra, aparte de una mezcla de todos los anteriores. Como recuerdo de mis transformaciones anteriores, llevaba una preciosa tiara de pedrería, como cuando fui una princesa, un collar con forma de concha marina me recordaba el año en el que fui sirena, mis pies lucían unos zapatos adornados con flores naturales, como cuando fui un hada, el blanco impoluto representaba aquel uniforme de enfermera y la estola de borreguito que cubría mis hombros evocaba aquel año en que fui troglodita. Por suerte, no agregó nada de aquella vez que quise ser camarera con patines… pues fue aquello lo que hizo que abandonara mis sueños de magia.

Ella siempre ha continuado queriendo volver a transformarme y por eso, este año he vuelto a su casa de nuevo, con mi pequeño Jorge en mis brazos. Al vernos, nos ha abrazado y colmado de besos.

—Quiero que uses tu magia para él, como hacías cada Carnaval conmigo, mamá…

Y la mayor de las magias se encontró en sus lágrimas de felicidad.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s