Mis escritos·Relatos

Mentiras y traición

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Pegó la oreja a la puerta. Desde niño había tenido esa fea costumbre mediante la cual en múltiples ocasiones había adquirido información que de otro modo jamás hubiera estado a su alcance. Una herramienta muy útil cuando eres adulto y sospechas de una traición como la que intuía. Las voces, amortiguadas por el escudo que formaba la plancha de madera que componía la puerta de la sala, le indicaban que pronto debería alejarse, con paso sigiloso, para no ser descubierto. Era todo un hombre, y las personas sentadas en el sofá de su hogar, posiblemente eran las más importantes de su vida, a las que amaba por encima de todas las cosas y, sin embargo, no les importó jugar con sus sentimientos, aprovecharse de la fe ciega que había depositado siempre en ellos. ¿Cuánto tiempo llevaban con aquella farsa? Posiblemente siete años y él, ¡oh, estúpido ingenuo! no había sospechado nada hasta que sus amigos y compañeros comenzaron a murmurar de otros casos similares. Los indicios coincidían, ¿cómo no se había dado cuenta antes? Escuchó cómo ella se levantaba de su asiento, su pasos eran inconfundibles y pronto los firmes de él se acoplaron a la perfección, creando una melodía que cada vez era más intensa, marcando la cercanía. Solo disponía de unos pocos segundos y de sus nervios de acero. Cuando la puerta se abrió, él ya se había deslizado hacia la cocina, donde hacía unas horas se despidieron los tres, como si nada malo pasara, con besos y abrazos, como cada noche.

Ella, con esa intuición tan característica suya, asomó la cabeza por el marco de la puerta y lo encontró con lágrimas en los ojos. Tantos años… tantos años creyendo en sus palabras para nada. ¿Cuántas más mentiras habrían salido de esos labios que siempre le parecieron tan dulces cuando le besaban?

—Lo sé. Lo sé todo —confesó, dejando al descubierto que, una vez más, había escuchado tras las puertas.

El otro hombre quiso abrazarlo para consolarlo. Pero no quería consuelo. Quería una explicación, y no que, a raíz de aquel  momento de vulnerabilidad, le hablaran como si fuera un crío. Ya tenía ocho años, ¿cuándo iban a comprenderlo? A la mañana siguiente abrió sus regalos del solsticio de invierno, feliz de haber recibido todo lo que había pedido en una carta que posiblemente jamás salió de su casa pero con un obsequio que hubiera deseado no recibir jamás: la pérdida de la ilusión infantil.

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