Mis escritos·Relatos

Rosa

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—¿Dónde estás? —dijo una voz alterada al teléfono mientras la lluvia corría por los mechones de negro azabache del chico.

—De camino —respondió, como solía hacer siempre cuando no quería dar su paradero a sus superiores—. Puedes esperar o buscar otro que se encargue de tus asuntos, a mí eso me da igual.

Al otro lado del teléfono, se escuchó un bufido de enojo pero, no se percibió nada a parte del tono de fin de llamada. Álvaro miró la pantalla de su móvil, asqueado, sin saber aún muy bien por qué había aceptado aquel trabajo que tan poco le agradaba pero con el que tanto dinero conseguía. Todo había empezado en junio, con los primeros días de calor y cuando se lo propusieron, no creyó jamás que llegaría a convertirse en lo que era ahora. Casi se avergonzaba, sabía que sus amigos cuchicheaban al verle y que le criticaban porque nunca les decía qué era lo que hacía. Siempre respondía con un “cosas” y seguía su camino, siempre con paso torpe pero decidido. Porque entre otras cosas, Álvaro era torpe. Torpe y, aunque él lo negase, ingenuo. ¡Y así le iba! Pero pronto todo iba a cambiar…

Su mente echó a volar hasta devolverle a épocas anteriores, cuando vivía feliz en Ethynburg, aquella ciudad que tanto añoraba y a la que sabía que nunca podría regresar. Uno debe ser consecuente con sus acciones y Álvaro, a pesar de su espíritu libre e infantil, aceptaba su triste destino. Siempre sería un exiliado. En Ethynburg era una persona importante a la que todos saludaban con el mayor de los respetos y cuyas órdenes todos obedecían pues, si aquella colorida ciudad tuviera un soberano, de seguro sería él. Se vio ante su imponente despacho con aquella enorme silla que le hacía sentir enano porque le colgaban los pies, ante su mesa de roble con extraños grabados, firmando decretos y leyes según le convenía pero, siempre haciendo feliz a su gente. Su secretaria era lo más bonito que había visto en su vida, después de su madre, claro está, a la que, a pesar de los años, no dejaba de adorar. Era pecosa y llevaba gafas y muchos se reían de los extraños vestidos que llevaba pero a Álvaro el peculiar aspecto de Rosa no le importaba en absoluto. Solo le importaba verla entrar con aquella humeante taza de cacao que siempre le traía como bienvenida por las mañanas, aderezada con su dulce sonrisa y unas galletas. Otros compañeros tomaban café, pero él era fiel al cacao, a fin de cuentas, una parte de Álvaro seguía siendo un niño. Recordando estos momentos, casi pudo saborear el dulzor del cacao y sentir la suavidad de las manos de Rosa sobre las suyas al pasarle la taza. ¡Qué guapa que era! Siempre con las manos repletas de anillos y las muñecas plagadas de pulseras. La última vez que la vio, le regaló un precioso semanario. ¿Aún lo llevaría puesto o ya le habría olvidado como todos los demás?

El pitido de un coche le hizo regresar a la realidad. ¡Tan absorto estaba en su mundo que ni vio el semáforo en rojo! Giró a la derecha. Ahí estaba la fábrica abandonada a la que debía acudir. Siempre le producía escalofríos aquel lugar, definitivamente, nunca debió aceptar aquel trabajo. Sus pasos se volvieron inseguros, sus cordones siempre desatados le hicieron tropezar varias veces y a punto estuvo de caer de bruces sobre un charco al saltar unos escombros. La maquinaria oxidada que tiempo atrás debió crear los más lujosos coches, no era más que un gigantesco monstruo con brazos extendidos cuya sombra proyectada en las paredes podría hacer huir al más valiente de los hombres, o eso creía Álvaro, que se consideraba audaz y sin miedo a nada.

—¿Hola? —dijo con voz quebrada, aunque su intención había sido sonar decidido y seguro de sí mismo.

—¿Lo tienes? —preguntó una voz grave y apagada desde las sombras.

Álvaro afirmó con la cabeza. Sabía que no tenía que decir más, su interlocutor estaba allí, oculto donde él no pudiera verlo pero sin perder detalle de cada uno de sus movimientos. Sabía lo que tenía que hacer. Se quitó su mochila y sacó una bolsa de plástico verde que hizo deslizarse por el suelo. Una mano la recogió y lanzó hacia él unas monedas.

—Y ahora, ¡largo, canijo! Ya sabes lo que tienes que hacer ahora.

Álvaro tragó saliva y salió de allí corriendo sin mirar atrás. No le gustaba aquel lugar. No le gustaba su trabajo. No le gustaban aquellos encuentros en la penumbra que lo convertían casi en un delincuente y, en cuanto se encontrase con sus superiores, les diría que esta había sido la última vez. Estaba decidido.

Al salir de la fábrica se encontró con varios amigos pero no se detuvo. Quería terminar cuanto antes con todo aquello. Subió una cuesta con dificultad, luchando contra los cordones de sus deportivas y, al estar próximo al lugar donde le esperaban, se detuvo en seco. Una carita plagada de pecas que le era demasiado familiar acaparó toda su atención. Ella pasó junto a él, que se había quedado con una sonrisa de bobalicón.

—¿Por qué sonríes? —dijo ella al posar sus ojos miel sobre los dos cachitos de cielo de él.

Álvaro no respondió. Miró la muñeca de la chica y allí vio siete finas pulseritas doradas. Era ella, no cabía duda. Pero, ¿cómo era posible?

—¡Rosa, venga, se hace tarde! —la llamó alguien desde una ventana.

Rosa… no cabía duda, era ella.

—Rosa… —susurró Álvaro sin salir de su ensoñación.

—¡Hola! ¿Nos conocemos?

Los ojos del chico se abrieron como platos por el asombro. ¡No le recordaba! ¿Cómo era posible? ¡Si llevaba el semanario puesto! Su padre siempre se lo dijo: “las mujeres son frías, solo te quieren por el interés, te lo digo yo”. ¡Cuán verdad era! Ahora lo veía. Bajó la cabeza con tristeza y siguió su camino.

—¡Oye! —volvió a decir aquella voz cantarina—. No me has dicho cómo te llamas.

—Álvaro —dijo simplemente, girándose un leve instante para sonreírla de nuevo.

—¡Bonito nombre!

Álvaro la vio entrar, sin poder evitar fijarse en esas piernas tan largas y bronceadas que tenía. Seguía preciosa aunque, quizá más alta de lo que la recordaba. Quizá era porque ahora llevaba tacones y en Ethynburg siempre llevaba zapatos planos de color negro. Pero, algo seguía martirizándole, ¿por qué no le recordaba? Ella había sido todo su mundo, la razón por la que le gustaba ir a la oficina cada mañana y él parecía no ser más que cualquier cuadro en una vieja pared olvidada. Suspiró y siguió su camino. Pronto estuvo ante la puerta. Tenía la llave. Se la habían dado… Por primera vez, habían confiado en dársela. La giró en la cerradura y subió las escaleras que daban acceso a la siguiente puerta, también cerrada con llave, donde sus superiores le esperaban.

—¿Ya le has llevado la merienda a Miguel?

Afirmó con la cabeza y se descolgó las llaves que llevaba al cuello, colgadas de un cordón multicolor, y las dejó junto con el móvil de su madre sobre el mueble del recibidor. Fue hacía su habitación y se tumbó en su cama, mirando al techo. Cerró los ojos para tratar de conciliar el sueño ya que era el único modo que tenía de regresar a Ethynburg, donde él no era un niño ni Rosa la antigua encargada del comedor de su anterior colegio…

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