Mis escritos·Relatos

La locomotora

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En el pequeño pueblo de Shorville los niños estaban convencidos de que las nubes del cielo surgían de las locomotoras que pasaban por allí veloces sin detenerse jamás en su estación. Nadie había perdido nada en aquel lugar apartado del oeste donde lo único destacable era su hermosa iglesia abandonada, tapizada de hiedra que trepaba por sus paredes de piedra. Era un pueblo tan pequeño y con tan pocos recursos que ni pastor tenía. Los feligreses debían caminar varios kilómetros cada domingo hasta Orianti, la localidad más cercana. De hecho, muchos de sus habitantes trabajaban allí y solo regresaban a Shorville para hacer noche. Las casas eran más asequibles debido a la escasez de recursos de la zona. Sin un río cercano al que acudir a pescar y sin un cazador entre ellos, la comida escaseaba. La gran mayoría se alimentaba de lo que sus huertos les ofrecían, algunos habían adquirido gallinas y alguna vaca para tener lácteos y huevos y, en ocasiones, el preciado pollo. Podría decirse que no era una buena vida, tan austera y limitada pero, cuando no se ha conocido otra cosa, cualquier cosa que se aleje un escaso milímetro de lo que se considera normal ya es todo un lujo. Los niños no acudían a la escuela porque ni siquiera tenían algo similar por lo que aprendían el oficio de sus padres y las labores del hogar por parte de sus madres. Tenían algo de lo que los niños de hoy carecen: tiempo. No tenían deberes ni asignaturas extra escolares. Solo sus amigos y su familia y así se sentían afortunados.

En los días soleados, cuando la lluvia no les obligaba a a mantenerse encerrados en casa, se sentaban juntos y en fila a ver pasar la locomotora, observando cómo creaba las nubes del cielo. En ocasiones, apreciaban el rostro de algún viajero a través de los cristales de uno de los vagones y se ponían a fantasear sobre su destino. Se inventaban historias sobre los pasajeros y de sus mentes repletas de fantasía surgían ciudades y pueblos inexistentes donde aquellas personas a bordo de la máquina se dirigían. Otras veces comenzaban a divagar sobre el funcionamiento de aquel vehículo que tanto les fascinaba. Nadie en su pueblo, ni el hombre más sabio, conocía aquel dato.

—¿Qué será lo que le hace moverse? —terminaba preguntando siempre George.

—La esperanza —respondió Amy, a quien todos se giraron a mirar, atónitos por su respuesta—. Toda esa gente viaja con la esperanza de que el lugar al que van es mejor que el que dejaron atrás y rezan porque así sea. Su esperanza sale por la chimenea y se eleva al cielo en forma de nubes para que llegue hasta Dios y este pueda atender a sus ruegos.

Desde ese día en adelante, en Shorville se creía que la esperanza movía locomotoras.

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