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Confesión

confieso

De nuevo ante el Tribunal, desarmada, valiéndose solo de su arma más poderosa: su lengua. Todas las miradas fijas en ella, con su piel mostrando sin pudor las marcas malditas para unos, bendiciones para ella. En pie ante quienes iban a juzgarla, tomó aire y respondió sin titubear ni una sola vez a todas las pregunta que se le hicieron. Ya conocía el procedimiento, no era la primera vez que tenía que pasar por aquello y, en ocasiones, hasta le parecía un estúpido juego de la actual religión en el poder para tratar inútilmente de humillarla. Pero su voluntad y su fe eran férreas y vanas palabras no iban a poder acabar con ella. Ella, al contrario que aquellos que tenía ante sí, sí creía en lo que decía, no lo usaba solo como yugo poderoso para someter a quienes no pensaran como ella. Cerró los ojos cuando el Sumo Inquisidor dijo que tenía una última pregunta. Respiró hondo, sintiendo cómo el aire viciado de la sala llenaba sus pulmones y dejó que este saliera purificado por su boca. Repitió el procedimiento dos veces más antes de responder a la pregunta.

¿Quiere saber si me doy cuenta de lo inverosímil de mis palabras? ¿Quiere que le confiese que son meras fantasías en mi cabeza? 

Un gesto afirmativo por parte de aquel hombre de facciones severas le hizo suspirar con hastío. ¿De nuevo? ¿Que no lo dejaba claro cada vez que la citaban? ¿Qué esperaban de ella? ¿Que en algún momento sus argumentos fallaran? ¿Pero, pueden fallar estos cuando se empuñan con la espada de la verdad? Abandonó su púlpito y observó la cruz que todos ellos portaban colgada de su cuello y no pudo evitar una sonrisa llena de desprecio.

Confieso… confieso que veo en la naturaleza más realidad que en palomas anunciando un nacimiento. Confieso que saludo al sol cada mañana y es más real que pensar en hombres que mueren y resucitan al tercer día. Confieso que la luna llena me guía hasta mi casa en noche cerrada y no seres alados que jamás he visto. Confieso que veo más real adorar aquello que me rodea y me mantiene viva como es mi alimento, los pozos de los que extraigo agua, antes que arrodillarme ante una cruz de madera. Porque árboles, sol, luna y pozos son mi realidad, aunque a sus señorías les parezcan meras fantasías.

Sí, son una realidad, le dijeron, dándole la razón. Pero, ¿quién había colocado allí todos esos elementos? Era Dios, en su  infinita misericordia quien había abastecido a la Tierra con todos aquellos dones.

Considero, señorías, que ya que no puedo hablar directamente con el Creador de tanta abundancia, la mejor manera que tengo de agradecerle tanta generosidad hacia mí y todos los que habitamos en este mundo es respetando sus regalos, adorándolos y sintiéndome bendecida de poder utilizarlos a mi voluntad, sin excesos. Confieso que agradezco cada alimento que entra en mi cuerpo y cada nuevo día que comienza. Confieso que cada segundo de mi vida es un regalo del Creador, un regalo y a la vez una responsabilidad: cuidar de lo que nos entregó para que no se arrepienta de haberlo hecho. Cuidar de sus criaturas, proteger sus bosques y campos, dejar ofrendas en ríos y lagos es una alabanza y un gesto de gratitud por una grandeza que de otro modo, sin Él, jamás hubiéramos tenido. Ustedes alaban a Dios con palabras ante un púlpito cada domingo, yo alabo su creación cada segundo de mi vida. Confieso que si eso es fantasía, en fantasía quiero vivir.

Para aquellos que consideran que educar a niños en religiones no mayoritarias es educarlos en fantasías

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