Mis escritos·Pensamientos

Un café con ella

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No es fácil dejar pasar los recuerdos como si fueran páginas de un libro que estamos leyendo pero, cuando llueve, en la soledad de mi dormitorio, me gusta sentarme en el diván cerca de la ventana y observar cómo las gotas de lluvia se deslizan sobre el cristal, unas con más ganas de llegar al alféizar que otras, lo  mismo que unas personas corren más que otras a la hora de vivir experiencias. Tomando café, veo a los transeúntes correr por la calle, tratando de huir de unas gotas que se adelantan a sus movimientos, alcanzándoles a pesar de sus vanos intentos de evitarlas. Por eso mi madre me decía que llevase siempre un paraguas plegable en la mochila cuando iba al colegio. Corro la cortina para aislarme de ese mundo tan ajeno a mí y así dejarme envolver por la tranquilidad del silencio que me otorga mi nueva compañera. Ella me susurra dulcemente al oído, haciéndome pensar en cosas que creía haber dejado atrás. Sabe activar resortes oxidados y pulsar los botones exactos para arrastrarme a días sombríos en los que de mis ojos caía una lluvia tan intensa como la que inunda la ciudad en estos momentos.

Puedo dejarme arrastrar por la melancolía pero sé que mi amiga no busca eso de mí. Ella quiere fortalecerme y eso solo se consigue cerrando puertas con una llave que nadie más pueda usar. Si las palabras de cualquier persona nos hacen evocar momentos dolorosos, haciéndonos caer en las garras de la tristeza, es porque ese capítulo  no quedó cerrado y aún hay que trabajar con él. Un poco de introspección no es mala, al contrario, nos otorga la libertad y el control sobre nosotros mismos y nuestros sentimientos. Cierro los ojos y me centro únicamente en sus palabras, que llenan la habitación como el mismísimo silencio, y en esta oscuridad que me invade viajo sin moverme del sitio en el tiempo y el espacio. Recorro épocas en las que ni siquiera he vivido, conociendo los acontecimientos que me han traído al momento en el que me encuentro. Observo atenta el mundo que me rodea, el mundo que me he creado a mi alrededor, con mis logros y fracasos. Tengo amigos, gente a la que soy indiferente y, posiblemente algún que otro enemigo que busca sobre todo que acabe hundida, presa de una depresión y abandonada por todos. Sola.

Pero, ¿tan malo es estar solo? ¿Acaso no es en brazos de la soledad cuando nuestra mente es capaz de guiarnos a sus lugares menos frecuentados para que escuchemos por una vez nuestras verdaderas necesidades? Es este autodescubrimiento el que puede llevarnos a una vida plena, donde la ansiedad es solo una palabra del diccionario que apenas ocupa espacio en nuestro vocabulario cotidiano. Quedaos con esta reflexión, no como un hechizo mágico que pueda liberaros de todos los males que os acechen sino como un mapa hacia vuestra propia paz interior porque, como dice mi amiga, la angustia solo es un escalón más que hay que subir para llegar a lugares donde nadie ha llegado antes. Así que, si un día sentís que la desilusión se apodera de vosotros, empuñad un bolígrafo y, con la escritura como escudero, despojaos de cada sentimiento negativo que os impida seguir subiendo. Escribid nombres, sentimientos, instantes, palabras que os hirieron, insultos, amenazas… todo aquello que os aprisiona. Leedlas luego en voz alta con rabia, con furia, con ganas de venganza. Pero leedlas a viva voz para que mi amiga pueda escucharlas y agregarlas a su colección de palabras que hieren y privan de libertad. Porque ella sabrá que estáis valorando su compañía, aprendiendo de sus sabias palabras.

Ella se encuentra cuando todos nos abandonan y cuando no hay salida. Ella nos escucha cuando ni siquiera nosotros mismos queremos escucharnos. Ella nos hace valorarnos como nadie jamás lo podría hacer. Ella, la que tanto nos aterra, es, sin nosotros saberlo, nuestra mejor aliada, una gran amiga que nos quiere guiar por el buen camino pero a la que siempre silenciamos con el mundanal ruido y las palabras de voces que no nos conocen como ella solo puede enseñarnos a conocernos. Ella… se llama Soledad, y en las tardes de lluvia, mientras la gente corre a resguardarse, se toma conmigo una taza de té y nos ponemos al día. Así, cuando se va, me siento incluso más sola que cuando llegó, porque con ella descubro cosas que no podría descubrir con nadie más.

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