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Tírame un cuento #3

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Cuenta una antigua leyenda que en el Egipto de las pirámides y los grandes dioses con cabeza de animal, existió una maldición que hizo temblar incluso al mismísimo faraón. Todo comenzó cuando este adquirió de manera misteriosa un extraño presente: un cofre de pequeñas dimensiones, cerrado bajo llave con un oxidado candado. Desde luego, nada digno de un hijo de dioses como era el faraón, quien, indignado por el poco valor del objeto, mandó que se arrojara a las aguas del Nilo, mas conservó la llave pues no quería que nadie accediera a algo que le pertenecía. Durante años, solo los peces y los cocodrilos se atrevían a acariciar aquel cofre olvidado por todos pero las consecuencias de este desagravio a quien hizo tal presente al faraón tuvo sus consecuencias.

La fruta comenzó a pudrirse y los peces esquivaban las redes de los pescadores. Las cosechas se echaron a perder tras unas tormentas de granizo que destruyeron infraestructuras importantes y unas extrañas fiebres mantuvieron al faraón en cama, temiendo todos por su vida. Los sacerdotes acudían a su lecho con oraciones, dejaban ofrendas en los altares de los templos y rezaban por su faraón. Fue el más joven de estos sabios quien más pergaminos consultó buscando soluciones. Así, con un escarabajo de lapislázuli en la mano, deseó encontrar el camino correcto para salvar al faraón y sacar al pueblo de aquella desdicha. Como si de vida propia se insuflara, el pequeño objeto azulado vibró en su mano, asustándolo momentáneamente. El escarabajo cayó al suelo, partiéndose en varios pedazos que claramente recreaban la silueta del río Nilo. El joven sacerdote pensó que quizá las aguas del Nilo salvarían a su faraón y se las dio a beber, mas nada sucedió,  no hubo milagro. Siguió pensando en lo sucedido con su talismán partido y se planteó que quizá el faraón debía sumergirse en las aguas del Nilo, pero esto tampoco dio resultado alguno y sus superiores comenzaban a cansarse de los experimentos a los que exponía al tan debilitado Padre de Egipto.

—Los dioses me hablan del río —decía lleno de frustración—. Sé que la solución se encuentra en sus aguas.

Pronto todos dejaron de prestarle atención, mas cuando un incendio en el dormitorio de los príncipes acabó con la vida del más pequeño de los siete vástagos del faraón, este le hizo llamar y entre lágrimas de dolor, le hizo entrega de la llave que abría el cofre y le mandó ir en su búsqueda. No fue difícil encontrar el cofre y entregárselo al faraón, quien, debilitado por su misteriosa enfermedad, lo abrió con la llave con mano temblorosa. En el interior encontró una pequeña cruz ansada, elaborada torpemente en barro, con jeroglíficos adornándola. Fue su esposa quien primero reconoció la inocente mano que había elaborado aquella pieza llena de imperfecciones pero repleta de amor: su recientemente fallecido hijo menor. Fue de este doloroso modo como el faraón descubrió que ningún presente debe ser rechazado ni depreciado por su humilde aspecto porque este puede encerrar el mayor de los tesoros. Cuando las lágrimas del faraón cayeron sobre aquel preciado objeto, la maldición se rompió y todo, excepto la vida del faraón, volvió a la normalidad.

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