Están aquí

Debo decir que yo he tenido muy poca conexión con mis familiares porque vivían en Extremadura y yo en el País Vasco por lo que es difícil para mí tener esa relación que muchos tienen con sus abuelos, tíos, primos… ya que a la mayoría solo los veía unos días en agosto. Pero sí es cierto que hubo algunos que en mayor o menor medida dejaron una huella en mí y, aunque no he llegado a sentirlos a mi lado tras su partida, sí que hay cosas que despiertan mis recuerdos, los evocan.
Por ejemplo, en el caso de mi abuelo paterno, Antonio, es una costumbre mía comer fresas con nata cada 14 de febrero, día de su cumpleaños, porque era su postre favorito.
Con mi abuelo materno, Kiko, no he vuelto a comer migas desde su muerte porque me duele demasiado saber que no más hizo él. Cada verano me preguntaba qué quería comer y le pedía migas con sardinas. Él sonreía y se ponía a rebanar pan duro toda la mañana para concederme el capricho. Además, le encantaban las almendras garrapiñadas y siempre que era la feria del pueblo le compraba una bolsa y nos las comíamos. Adivinad quién tampoco ha vuelto a ser capaz de comer almendras garrapiñadas…
De mi abuela Inés os hablé en esta entrada y por él sabréis que mi mejor manera de tenerla presente es honrando su apodo (la Zorra) y ostentándolo con orgullo. De hecho, quiero tatuarme un zorrito para tenerla siempre conmigo aunque ahora siempre estará representada en mi casa gracias a esta muñeca que encargué a Dancing Goddess Dolls.
Creo que no hay sonidos ni lugares concretos aunque sí tengo una tremenda espinita en mi corazón: que se vendiera la casa de mis abuelos paternos, donde tantos veranos me bañé con mis primas y mi abuelo en una piscina que él mismo nos construyó. Fue muy duro saber que otra familia ocupaba ahora aquella casa donde guardo tantos recuerdos. Esa calle Corredera del pueblo de Orellana la Vieja será siempre especial para mí, pasen los años que pasen. Aunque no recuerde sus voces, me quedan sus fotografías y los recuerdos, más borrosos cada vez y siempre en esta fecha me gusta recordarlos y honrarlos por todo lo que me aportaron y en mi niñez no supe valorar.
De pequeña, al morir mi abuelo paterno, soñé con él, la noche de su velatorio. Aparecía vestido de blanco y me decía que no llorara, que sabía lo mucho que le había querido y que volveríamos a vernos pero que debía irse porque tenía cosas que hacer. Quizá por eso no los siento cerca, no noto su presencia etérea porque desde muy niña he creído que parten a cumplir con otra misión. Pero algún día, todos volveremos a reunirnos, ante un plato de migas, cuencos repletos de fresas con nata y la alegría del reencuentro.
 

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