El cisne y la viuda

26 huesos, 32 articulaciones, 19 músculos y más de cien ligamentos. Eso tenemos en nuestros pies y estoy segura de que todo ello me lo rompí varias veces en mi época de bailarina forzada. Yo no pedí bailar aunque aquello me sirviera para ser ágil, sigilosa y flexible, cualidades muy útiles en la tarea que desempeño en la actualidad. Por eso, en ocasiones en las que siento que he perdido el rumbo o que no encajo, recurro al ballet. Siempre he sido programada. Siempre otros me decían cuál era el objetivo. Ser dueña de mi vida me gusta, por supuesto, pero hay momentos en los que mi flaqueza me hace cuestionarme qué lugar ocupo actualmente. Medito sobre ello mientras me coloco mis zapatillas, desgastadas, níveas en sus primeros años, grisáceas del uso y con tonalidades rojizas de sangre derramada. Sangre mía y ajena. Bailar hasta llenar el suelo de sangre. No importa se quién. Si no hay sangre, la pieza musical no termina. En mi cabeza suenan ya las primeras notas y me coloco en posición. Habrá sangre. Porque sólo sé bailar hasta caer exhausta para así no pensar. Es mi propia manera de controlar mi mente cuando nadie me dice cómo actuar. Necesito sentir el dolor de mis pies, que mi cuerpo me pida detenerme y aún así forzarlo más y más hasta límites que pondrían en peligro mi propia salud. Bailar para sangrar. Sangrar para descansar. Mi ‘solo’ comienza lento, con los elegantes movimientos de las alas emplumadas de un cisne que nunca alzará el vuelo porque me falta el compañero que entalle mi cintura para elevarme. Las puntas de mis Pues acarician el suelo encerado y solo lo abandonan al realizar gráciles saltos que me hacen sentir que, por un breve instante, mis alas quebradas podrán alzarme al cielo pero, el tacto del suelo al terminar el salto me recuerda que el vuelo de los cisnes llegó a su fin. Esta es la pieza final, el llanto del cisne. Su propia muerte, rodeada de belleza y dolor. Sigue bailando, pequeña bailarina, cuan muñequita activada por un resorte al abrir la caja de música. Tu vida te pertenece menos ahora que cuando danzabas al son que otros te marcaban.

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