Día de la Virgen del Carmen / Eclipse lunar

El pasado martes 16 de julio se celebró la festividad de la Virgen del Carmen, patrona del mar, de pescadores y navegantes, conocida también como Stella Maris, Estrella de los Mares. Se la considera protectora de las gentes de mar y por eso en multitud de localidades costeras de España se hacen en su honor profesiones y romerías marítimas. Aquí en Valencia el 14 de julio a las 17:00 en la Parroquia de la Santísima Cruz tiene lugar el besamanos de la Virgen. Al día siguiente en la misma parroquia a las 20:00 da comienzo una misa tras la cual se hacen ofrendas florales y de alimentos mientras los devotos cantan la salve y concluye con la procesión del Jesuset del Carme. Finalmente, el día 16 a las 7:00 se procede al volteo general de campanas de la parroquia y se lleva a cabo una misa descubierta. Se celebran eucaristías a lo largo de toda la mañana. A las 11, comienza el recorrido de la Virgen a través de la Marina Real y, para acabar el día, a las 19:30 en la parroquia se celebra una misa y una procesión donde la imagen es escoltada por el cuerpo de bomberos y acompañada por las falleras mayores de Valencia. Una vez finalizada la procesión, se lleva a cabo el Cant de la Carxofa.

A parte de los actos llevados a cabo en la parroquia de la Santísima Cruz, la parroquia Nuestra Señora del Mar también rinde honor a la Virgen del Carmen en este día. Los marineros de la Armada trasladan la imagen de la Virgen hasta un barco y allí da lugar la procesión marinera con oraciones y ofrendas en recuerdo a los caídos en el mar. Y precisamente a esta parroquia decidí dirigirme yo, con ramo de rosas y liliums blancos en mano para dejar mi ofrenda a la Stella Maris, señora de los Mares. Iba tarde, la parroquia estaba cerrada pero, contacté con el párroco por teléfono y amablemente me dijo que acudiera sin problemas, que podría dejar mi ofrenda. Así pues, allá fuimos Miquel y yo, yo con más nervios según nos acercábamos al edificio. Las puertas me recibieron abiertas pero no así las luces de la parroquia que ya estaban apagadas. Aún así, según el párroco nos vio, procedió a encender las luces. Creo que no puedo describir lo que sentí al estar frente a Ella. Eran esas ganas de llorar, esas lágrimas como las que me inundan los ojos ahora solo de recordar el momento ante Ella, radiante y llena de luz, esperándome con esos brazos abiertos que solo una Madre puede ofrecer. Paganos, católicos, hebreos, musulmanes, budistas… me da igual las tradiciones que existan. Ella era la personificación de mi amor por el mar en esos instantes y en cuanto puse mis ojos en Ella, supe que me daba igual su nombre, no me importaba el templo en el que se encontraba. Podría ser Santa María del Monte Carmelo, pero también podía ser la mismísima Yemaya. Ella es agua. Con todo lo que eso implica. Y su nombre, solo eso… un nombre.

La mujer que me atendió fue de lo más amable conmigo. Me permitió pasar a la capilla y colocar el ramo donde yo quisiera. No me metieron prisa en ningún momento, a pesar de que hacía casi una hora que tenían que haber cerrado. Mi amiga Sylvia me pidió que encendiera una vela de su parte y así lo hice, porque, como dije en Redes Sociales según subí la foto, cuando una amistad es verdadera, la religión no es una barrera.

Tras la ofrenda, salimos de la parroquia para encontrarnos con Sylvia, con la que fuimos a tomar algo. Yo llevaba conmigo una rosa que quería ofrendar al mar y mi amiga me acompañó para tomarme las fotos y compartir conmigo ese momento. Siempre que estoy cerca del mar siento que me renuevo, y el que el eclipse estuviera dándose en ese mismo instante no causó diferencia de mi encuentro con mi elemento. Al contrario, fue un momento de dejar que el agua rozara mis pies descalzos con el vaivén de las olas, una caricia tibia, porque el mar Mediterráneo es cálido prácticamente todo el año y, en verano, aún más. Pudimos ver el eclipse a la perfección mientras cenábamos —que la Odisea de la cena merece una entrada aparte…— y recogí agua de mar con una botella de plástico que encontré tirada en la playa —bien por quien fuera, eh… ahí cuidando la playa—.

Una vez en casa, Miquel y yo salimos a pasear a los perros y pude ver que la luna ya brillaba completa de nuevo en el cielo, en ocasiones cubierta por alguna traviesa nube, a la que siempre ella terminaba venciendo. Solo quedaba trasvasar el agua de mar a un tarro de cristal, colocando una aguamarina en su interior y decorándolo con una tobillera con conchas marinas que me regaló mi hija. Lo consagré ante el altar familiar, realicé mis devociones de luna llena y terminé mis devociones ante mi altar acuático recordando que, aunque la marea sube y baja, el mar siempre nos sorprende con su magnificencia. Lo mismo pasa con nosotros que, a pesar de los altibajos y baches que podamos encontrar en nuestro camino, en esencia seguimos siendo únicos.

Sobre el eclipse he leído y escuchado muchas teorías, creencias y supersticiones, yo solo puedo deciros que aprendamos de lo que nos muestra la naturaleza: que por más que alguien quiera hacernos sombra, nuestra luz siempre resurgirá.

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