El ángel caído

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Aquí estoy después de un prolongado silencio, tumbada en la cama, a oscuras y con el móvil escribiendo estas líneas porque creo que no podré dormir hasta que derrame todas las lágrimas que llevo dentro. 


De pequeña era muy creyente, es más, a la chica que me llevaba al colegio le iba hablando todo el camino de Jesús y de la Virgen María porque yo… iba a ser monja. También soñaba con ser una sirena, o una ondina, una lamia, una xana o cualquier otra criatura acuática sacada de leyendas pero… esa es otra historia. En aquel entonces, iba a ser monja. Veía una religiosa y corría a besarle la mano. También iba a ser reina de mi propio país y haría pagar a aquellos que me habían tratado mal en la infancia haciéndome la zancadilla, riéndose de mí… Y resulta que no pensé que yo sería la que mereciera ser castigada años más tarde.

No os voy a engañar, las he liado muy pardas. He sido una joyita y me gustaría decir que solo eran trastadas inocentes de la infancia y la rebeldía adolescente. Pero es que incluso hoy puedo seguir siendo un mal bicho cuando se me cruzan los cables… aunque, por suerte, ya no tanto como antes. No me cuesta admitir mis errores. Hace muchos años me dijeron: “con esa carita de niña buena, vas a poder conseguir lo que quieras de quien quieras” y quizá sea cierto que el demonio era un ángel caído. Por eso es difícil de identificar cuando lo tienes delante. Te sientes bendecido por su presencia, te parece un ser bondadoso pero solo espera tu momento de máxima vulnerabilidad para destrozarte. 

El ángel caído un día te habla con esa sonrisa y esa alegría que hacen que las horas a su lado pasen volando. Cada vez sientes que estás más unido a él, que está para todo lo que necesitas. Que es tu amigo. Le invitas a tu casa en el séptimo día —día del Señor—, por la tarde, le das un vaso de leche fría porque… ¿sabes? Es tan inocente que no bebe ni cerveza. Bebe leche fría. Compartes con él tu música favorita, te fundes con él en miles de abrazos, puedes quitarte la ropa ante él en un pequeño cubículo, tan reducido que no rozaros es imposible y salir de ahí con la ropa cambiada y con tu cuerpo sin mácula alguna. Porque es un ángel. Caído y con el corazón negro, pero eso tú no lo sabes. Tú solo ves la carita de niña buena. Y así las semanas pasan. Viernes y sábados noche compartiendo buenos momentos en compañía de amigos y colegas y domingos en tu dormitorio, con esa música que tanto te gusta. Surge una amistad. O eso crees. El demonio no tiene amigos. Solo juguetes para entretenerse y desechar después sin ningún miramiento. No lo quieres ver pero tú eres ese juguete.

Y poco a poco su cruel juego comienza. En uno de esos abrazos ya tan comunes entre vosotros, una mirada dura más de lo normal. Y ves que se pone de puntillas, porque el cabrón juega tan bien sus cartas que ha elegido un cuerpo pequeño y frágil para que te confíes y cuando te agachas a recoger el beso, tu maldición comienza aunque solo veas una bendición. ¡Te ha besado un ángel! Caído. Que se te olvida ese detalle. Lo que parecía un regalo caído del cielo (y estas tres últimas palabras son las importantes, caído del cielo), se transforma de manera sutil. Todo empieza con excusas. Te revela su verdadera identidad, te asegura ser el mal encarnado, algo que solo podrá hacerte daño. Jura que no quiere que eso suceda pero que deja a tu elección qué hacer. ¿Saldrías con el demonio disfrazado de ángel? Te hace una proposición que prefieres declinar. Te ha ofrecido probar de él por un tiempo limitado. ¡Qué cruel! Decirte que tiene algo que darte pero que te lo arrebatará después. ¿Es mejor conocer el sabor de un manjar sabiendo que no podrás degustarlo de nuevo o vivir imaginando eternamente su sabor? Rechazas la oferta. Cómo Jesús en el desierto. Hiciste bien. Porque ese ángel te haría caer con él de haber tomado su mano. 

Así que, otra noche vuelve al ataque. Y esta vez muestra su verdadero rostro por unos instantes. Con acciones crueles, sin tener en cuenta tus sentimientos. Duele… ha ido directo a la yugular. ¿Qué digo? Ha clavado sus garras con fiereza en tu corazón buscando alcanzarlo y despedazarlo. Te sientas como un alma en pena buscando cualquier cosa con la que poder acabar con todo ese dolor. Lo mismo valdría un puñal que un manojo de llaves si sabes emplearlo correctamente. Y el ángel caído parece reaccionar. Tus lágrimas parecen haber despertado algo en él. Sin saberlo estás guiándolo hacia la luz con cada lágrima pues eres el primero de tu especie que le ha tratado bien y empieza a gustarle sentirse parte de algo así. Quizá su parte angelical aún es fuerte y le implora que se aleje de ti para no terminar trayendo a tu vida tormentas de cuyos rayos mortales ni la mismísima Santa Bárbara podría protegerte. Porque aún no está preparado para ti. Ni para nadie. No es ni ángel ni demonio. Está dividido. Ha conocido el paraíso a tu lado encontrando una paz que creía inexistente. Es entonces cuando lo descubre. 

Tú eres el ángel, no él. Y está dispuesto a aprender de ti para ser lo más parecido a lo que fue antes de su exilio. Quiere darte en persona la buena nueva y no corre a tu encuentro, vuela pletórico con la idea de esforzaros juntos en lograrlo y se halla con las ruinas del Edén que solía encontrarse en aquella habitación tuya donde tanto compartíais. Todas las buenas intenciones caen como castillo de naipes, las palabras que traía ensayadas mueren en sus labios antes de ser pronunciadas y, si alguna vez hubo posibilidad de salvar al ángel, esta pasó de largo sin dejar siquiera indicios de su proximidad. El ángel caído siente dolor, siente haber perdido una batalla. Y esta vez no es su orgullo el lastimado. Llamó al cielo en su soledad y este no le oyó. Pidió ayuda y sólo le respondía el eco de su propia voz.

Desubicado, roto, sin pertenecer ya ni al cielo, ni a la Tierra, simplemente arrojado y abandonado en tierra de nadie sin comprender quién podría crear un ser como él, con el único fin de obligarle a vivir semejante destino. Solo el antojo de un Dios podría ser artífice de una situación como la suya. En aquella soledad, acompañado solo por su propio dolor, privado de aquel cielo en la Tierra que había conocido, cayó sin remedio, se dejó arrastrar por las peores decisiones y no vio la luz, ni tuvo un asidero para detener la caída. Caía y caía… error tras error, miseria tras miseria. Hasta que llegó a lo mas profundo, donde no se divisa la luz y solo llegaban las notas de aquella música que conoció un domingo cualquiera. No tuvo suerte y en aquella caída se rompió en mil pedazos. Imposibilitado de todo movimiento y sin un Salvador que tomara su mano diciéndole: “Levántate y anda”, arañó la superficie de las paredes rugosas de aquel hoyo que lo mantenía cautivo y escaló hasta salir de allí deseoso de encontrar su lugar en un mundo en el que no encajaba. 

Tomó una bocanada de aire deseando que este pudiera purificarle pero solo le asfixió más aún. Si pretendía redimirse de sus pecados, estaba claro que algo o alguien superior no se lo pondría nada fácil. El ángel caído debía abandonar todo lo adquirido en su existencia, olvidar antiguos delirios de grandeza y conocer la humildad. Buscar el perdón para alcanzar la redención y quizá recuperar así su naturaleza primigenea. Comenzó un largo peregrinaje por el mundo de los recuerdos, afrontó acusaciones aceptando humildemente su culpa. Buscaba ángeles. Aquellos ángeles a los que había lastimado en el pasado. Ardua fue la tarea. Muchos los obstáculos para alcanzar su objetivo. Poco a poco, año tras año, el ángel caído recuperaba su antiguo esplendor, confeccionándose unas alas nuevas con plumas que aquellos ángeles a los que casi destrozó le regalaban de sus propias alas en su afán por ayudarle en su propósito. 

Y ayer… ayer te encontró a ti. El ángel al que más presente tuvo siempre. Porque eras su mejor amigo. Y al que peor trató. Y no hubo reproches. Solo la última de las plumas,  una brillante pluma negra, que le permitiría alzar el vuelo de nuevo. Y el ángel, aún caído pues debía aprender ahora a manejar sus nuevas alas, lloró. Porque recuperaba al fin al primer ángel que le había aceptado siempre sin importarle su naturaleza. Aquel que le mostró el Edén en una pequeña habitación con un CD de Avalanch sonando de fondo como banda sonora de su amistad. 

No he estado en ninguna fuente soñando cada noche contigo, ni ha habido ropa, anillo, ni fino olor de piel al despertar. Pero ha habido un CD al que recurría siempre que te necesitaba o te añoraba. Un CD que me devolvía a aquella época durante una hora, dos minutos y treinta y un segundos a lo largo de quince pistas. Y hoy verlo tras hablar contigo me ha arrancado lagrimas de alegría. ¿Sabes? Me equivoqué, cometí y cometo errores. Pero aprendo de estos y no los repito o al menos, lo intento. 


Gracias por ser de los recuerdos más bonitos de mi época más oscura. Por ser el ángel que fuiste. Por aceptar mi regreso. Por mil cosas que ya tendremos tiempo de hablar. 


Gracias. 
02:42

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